Muerto por no tener mi vida entre mis brazos!
Una fría oscuridad ocultaba la ciudad aquella noche de pleno invierno. Un cielo oscuro cubierto de nubes hacían de la niebla aún más espesa. En el hospital de Barcelona, habitación 236 se encontraba la mujer que más he podido amar a lo largo de mi vida. Un cáncer de páncreas la estaba consumiendo por dentro. El pensar que esos podían ser sus últimos días y que su vida llegaba a su fin, hacía de la mía el último escalón hasta la desolación. Noches enteras sin dormir, encarcarado en una silla de madera, días, horas, segundos que pasaban sin sentido ninguno. Ella, positiva como siempre, me decía que esto no era el final sino el principio de una nueva etapa de nuestras vidas, con una sonrisa en la cara y los ojos brillantes como la luna. Llevaba dos años de tortura, años de intensas y reiteradas visitas al hospital, años de desespero para los familiares y los amigos, años de falsas esperanzas pera ella misma. Planteábamos tantas cosas juntos que nunca nos daría tiempo ha cumplirlas, pero deseábamos viajar, tener hijos, casarnos y como todas las parejas tener nuestras discusiones y contratiempos, pero su cuerpo nunca nos lo permitió. Ahora me encuentro en la sala de espera, llamando a familiares dando la noticia de que ya llegó su fin. Que cubierta con una sábana se la llevan al tanatorio. Que su dolor escondido tras esa sonrisa alegre y esos ojos tranquilizadores ha terminado. Igual que ha terminado mi vida cuando me ha cogido de la mano para decirme "te quiero" e irse para siempre.
No hay mas dolor que la perdida de la persona que mas quieres en este mundo, y ahora me encuentro solo entre tanta gente, vacio al tener tantas cosas, muerto por no tener mi vida entre mis brazos. 



